Sitio autorizado por José Ángel Mañas

Tetralogía Kronen

HISTORIAS DEL KRONEN 20 AÑOS DESPUÉS

Se cumplen en estos días 20 años de la primera publicación de Historias del Kronen. Coincidiendo con este aniversario UnomasunoEditores prepara para muy pronto la publicación de la TETRALOGÍA KRONEN de la que forman parte Historias del Kronen, Mensaka, La pella y Ciudad Rayada, cuatro de las novelas más representativas del universo Mañas.

NOTA DEL AUTOR

Han pasado ya veinte años -¡veinte años!, quien lo hubiera dicho- y ha llovido desde que ese jovenzuelo de veintidós años que era yo entonces publicara Historias del Kronen.

A lo largo de estos dos decenios he encanecido y ahora tengo pareja y dos hijos (“yo que había jurado morir sin descendencia, como murió mi padre”, que cantaba Sabina). Mi cuerpo, mi cabeza y el mundo que me rodea se han transformado hasta resultar casi irreconocibles. Pero hay algo que no ha envejecido, y es esta novela.
Carlos, hoy, sigue siendo igual de joven que cuando fue creado. La literatura tiene eso de mágico; que uno la puede leer veinte años después y revivir las emociones, las sensaciones y las vivencias que quedaron atrapadas para siempre en las palabras.
Aquí tenéis, pues, esas mismas palabras, veinte años después.
JOSE ANGEL MAÑAS

HACE VEINTE AÑOS ...

UN (CASI) NADAL EN LOS NOVENTA
Artículo de José Ángel Mañas incluído en Historia de la Democracia, recopilación dirigida por Victoria Prego, tomo correspondiente al año 1994, publicada en octubre 2008.

El Premio Nadal
—Hola, ¿hablo con José Ángel Mañas? Encantado de conocerte, tú. Soy Andréu Teixidor, editor de Destino. Vaya por delante mi enhorabuena. Me imagino que estarás al tanto de que tu novela ha quedado finalista de la última edición del Premio Nadal. Te traslado la felicitación del jurado, y he de decirte que nos gustaría enormemente poder conocerte…
Eran las diez de la mañana del siete de enero de 1994 y yo estaba en el apartamento de mi pareja, en la ciudad de Toulouse, en el sur de Francia. No era la primera llamada que recibía, ni tampoco sería la última. Mi padre, hacía apenas hora y media, me había contactado, preso de una excitación inusual, para anunciarme que se acababa de enterar por la televisión de que el manuscrito aquel que había enviado a un premio (al único que se me había ocurrido) había quedado finalista del Nadal. Eso significaba, no solo que me iban a publicar, sino que mi carrera de autor estaba a punto de arrancar de la manera más sorprendente y explosiva. El propio Andréu Teixidor ya me estaba pidiendo autorización para dar mi número de teléfono a la prensa.
—Hay un par de periodistas que querrían hablar contigo. Supongo que no tendrás ningún inconveniente.
—Desde luego que no —dije.
Colgué, sintiéndome preso de temblores, con una excitación que ni siquiera podía compartir con mi chica, ausente desde por la mañana. No hubo tiempo ni de llamarla, cuando el teléfono volvió a sonar.
—Buenos días, José Ángel. Aquí Llatzer Moix. De La Vanguardia.
¡El redactor jefe de Cultura de La Vanguardia! Me recuerdo balbuceando las respuestas más torpes. No me sentía preparado. Y a esa llamada siguieron otras: El País, ABC, El Periódico, Ajoblanco. Todos aquellos medios se interesaban, de pronto, por la obra de un chaval de apenas veintidós años que había quedado finalista del Nadal.
—No se había visto un interés parecido desde Carmen Laforet —observó Teixidor—. La gente no nos cree cuando decimos que no sabemos quién eres.
Y ese fue solo el comienzo. Puedo decir, sin ánimo de exagerar, que a partir de ese momento mi vida cambió. Ese manuscrito que había enviado al premio se publicó en febrero de ese mismo año. Se titularía Historias del Kronen. Se convirtió, rápidamente, en una novela generacional y, poco a poco, en un auténtico bestseller que a finales del 94 llevaba vendidos cien mil ejemplares y empezaba a convertirse en un fenómeno social. Se habló de «literatura Kronen». De «juventud Kronen». De «generación Kronen». Incluso se hizo una película que fue de las más taquilleras del año siguiente.
—Es como si te hubieran metido en una lavadora, ¿verdad? —me dijo Felisa Ramos, la directora editorial de Destino—. Pero disfrútalo, porque estas cosas no se suelen repetir.
Y, efectivamente, en cuestión de meses tuve una vida social más activa que nunca antes, ni tampoco –en eso Felisa tendría razón– después. La presentación corrió a cargo de Robert Saladrigas. En el mismo acto conocí al crítico Rafael Conte, a los escritores Juan José Millás, Rosa Regás, Manuel Vicent. Un par de meses después me llamaba Carmen Balcells; y también el productor Elías Querejeta, para proponerme que cenara con él y con Montxo Armendáriz. Médem, Pepe Ribas, Alaska, Loriga, Raúl del Pozo, Germán Gullón, Roger Wolfe. En pocos meses había pasado del anonimato más absoluto a tratar con algunas de las personalidades culturales más interesantes del país.
Siempre consideré que fue demasiado. Demasiado pronto. Demasiado violento. Demasiado irreal. Pero ocurrió. Y si hoy sigo escribiendo, si desde entonces he podido dedicarme profesionalmente a la literatura, se lo debo en buena medida al éxito que tuve durante aquel maravilloso año 94. La publicación de Historias del Kronen marcaba, además, el ecuador de mi juventud: ese momento en el que todavía todo parece posible, en el que uno se encuentra ante la encrucijada de la vida y piensa que puede seguir todas las direcciones, tener todas las experiencias. Había alcanzado la cima casi sin darme cuenta. Estaba pletórico de energía y no sabía qué hacer con ella. Vivía en un territorio de liebres sin objetivo, en plena borrachera de vida y sensaciones, inmerso en un caos de sentimientos, ideas y pulsiones que me convirtieron, durante todo aquel año, en un cóctel molotov con patas.
Pero volvamos al contexto: ¿cómo era la España de entonces?

Oscuros y gloriosos noventa

Consideraba Pío Baroja que la época más determinante en la vida de un hombre es entre los dieciocho y los veintitrés años. Eso se entiende porque, cuando uno es joven, la realidad se vive muy intensamente. Es cuando se sale más, cuando se tiene más tiempo libre, antes de que se impongan las obligaciones de la vida adulta. Cuando todavía se está inserto en la familia de origen. Y cuando, a la par que se va forjando el círculo de afinidades electivas, aún se mantienen las amistades de la infancia y del instituto. Uno suele tener un círculo social muy amplio y heterogéneo. Además, los jóvenes son auténticas esponjas, que viven en una relación de ósmosis absoluta con la realidad.
Yo tenía dieciocho años en el año 89 y pillé, de alguna manera, el final de aquel movimiento libertario y provinciano que dio en llamarse Movida. Fue entonces cuando empecé a salir «en serio» y a frecuentar algunos de los ambientes nocturnos que después reflejaría en mis novelas. Con mi grupo de amigos rondábamos por los aledaños de la plaza de Chueca, que todavía no se había convertido en el barrio rosa y chic que es en la actualidad, sino que era, literalmente, un campo de jeringuillas. Íbamos, en concreto, a un local que se llamaba el Jam. El sitio estaba lleno de mods, auténticos mods, con sus parkas, que dejaban a la puerta sus Lambrettas, las famosas motocicletas, cubiertas de espejos. Aquello era como Quadrophenia, solo que con veinte años de retraso. La Movida siempre tuvo un encanto algo retro.
Y de repente, con los noventa, empezaron las convulsiones. Fue un momento de gran excitación creativa. Hubo una eclosión artística extraordinaria. En la música, surgieron grupos, como los Sonic Youth o los Nirvana, que empezaron a renovar el rock. Vivimos la irrupción del tecno. A nivel nacional comenzaron a aparecer bandas indies hasta debajo de las piedras. Gente como Los Planetas, Patrullero Mancuso, Australian Blonde, El Inquilino Comunista. Grupos que grababan sus discos en sellos como Subterfuge o Elefant. En las salas de arte y ensayo se proyectaban las primeras películas del cine independiente norteamericano. Los Tarantino, los Hal Hartley. Y a nivel nacional se estrenaban las óperas primas de directores como Álex de la Iglesia, Julio Médem, Iciar Bollaín, Daniel Calparsoro, que eran a cual más sorprendente. He leído a Boyero hablar de este periodo como la Edad de Plata del cine español, y creo que tiene razón: fueron unos años durante los que realmente íbamos a ver cine peninsular. La sempiterna crisis del cine español parecía, definitivamente, cosa del pasado.
Por otra parte, políticamente asistimos al fin de los gobiernos socialistas de Felipe González. Desayunábamos casi a diario con un nuevo escándalo –servido por lo general por el diario El Mundo, que entonces tenía un aura de verdad absoluta –, y aquello generó una pérdida de confianza en las instituciones y un enorme desapego de la política. O por decirlo con más pedantería: una pérdida de ese espíritu de ciudadanía que se había mantenido en alza durante todo el proceso de la Transición y que por primera vez se venía abajo en picado. Eso explica la sensibilidad ácrata noventera, tan presente en Historias del Kronen y en otros textos de la década. No es baladí que la época fuera un caldo de cultivo excelente para la novela negra, a la que se han acabado dedicando muchos de mis coetáneos.
Fue como una nueva movida, con algunas diferencias sustanciales con respecto a los ochenta. Por ejemplo, un incremento notable de la agresividad. La imagen que yo tengo de la movida ochentera es la de una historia de artistas y culturetas treintañeros, con un buen rollito muy cool, conviviendo en un número limitado de locales selectos. Los noventa, en cambio, fue el momento del auge de las macrodiscotecas y la masificación de la noche. El público era cada vez más joven, y las drogas y la música cada vez más violentas. Aparecieron en escena los pastilleros, los bakalas y volcadores y el «chunta-chunta» implacable del tecno más radical.
Fue un época extremadamente interesante, a la que todavía, pienso, no se le ha prestado toda la atención que merece. ¿Por qué? Entre otras cosas seguramente porque la crisis política del momento acaparó toda la atención mediática, oscureciendo lo sucedido en el ámbito cultural. Esa, al menos, es mi opinión. Porque, enseguida, nada más clausurarse los Juegos Olímpicos, llegaron los escándalos que empezaron a hacer tambalear el edificio institucional socialista, preparando la llegada de Aznar en el 96. De esto sabe mucha gente más que yo. Pero me permito citar, a modo de somera ilustración en clave paródica de la época, la introducción que coescribí para una serie pulp ambientada en los años noventa titulada El Hombre de los Veintiún Dedos:

Tras los felices ochenta, comenzó una década oscura. Los íberos vivieron enfebrecidos el clímax histórico-festivo de la Expo Universal y las Olimpiadas Catalanas. Entraban en los noventa cargados de medallas, cocaína, convicciones democráticas y dinamismo empresarial. Por fin podían olvidar sus raíces africanas; por fin eran EUROPEOS.

La resaca fue terrible. Tras el magnífico 92 se sucedieron los escándalos gubernamentales. Los indígenas descubrieron aterrorizados que su país había estado regido desde la sombra por un enigmático Señor X. Que la generación que habría podido sacarles de las sombras del franquismo había hundido el Spanish Dream, esa inexistente Transición, hipotecando definitivamente su futuro. Mientras las instituciones defendían lo indefendible, una juventud abducida por la electrónica se abandonó a un infierno hedonista de tapones blancos, de Panorámix, de Smileys. La nación entera pegaba botes sobre el volcán, al tiempo que el ejemplo de Kurt Cobain llevaba un Astra a cientos de ávidas bocas adolescentes.

Cual el Chicago de los años 20, fue esta una época sin ley marcada por hombres duros y violentos. Esta es su historia y la historia del héroe que socavó desde sus alcantarillas los fundamentos del Nuevo Orden: el legendario Veintiún Dedos.

Quitemos el humor, y así percibí los noventa.

Hoy estamos a punto de cerrar los dos mil y cuando echo la vista atrás, no lamento nada de lo que pude decir y pensar entonces. Uno pertenece a la época en la que fue joven. Y yo seguiré siendo, hasta el día en que me muera, noventero hasta la médula.

Y ASÍ VIERON EL KRONEN …

FRANCISCO UMBRAL

Es muy significativo el interés que Francisco Umbral presta a José Ángel Mañas en su Diccionario de la Literatura. España 1941-1995. De la Posguerra a la Modernidad, editado por Planeta en 1995. La sensibilidad que Umbral siempre tuvo para los movimientos vanguardistas de todo tipo y el sexto sentido literario que le acompañó a lo largo de toda su vida le permitieron desde un primer momento detectar a un creador recién aparecido que rompía moldes con desenvoltura y desparpajo. Además, el escritor que tanto amaba a Madrid, ciudad sobre la que escribió miles de páginas, no puedo sustraerse al protagonismo de la ciudad en las novelas de José Ángel Mañas. Todo ello queda reflejado en los extractos de su Diccionario que se reproducen a continuación:

“Esta última movida de la juventud estudiantil y trabajadora o parada (cada día es más difícil hacer diferencias) tiene ya, naturalmente sus cronistas y sus novelistas. El más brillante Mañas, finalista del Nadal, a quien se cita mucho en este diccionario, no sé por qué. No es que hagan nada nuevo. No hay pecados nuevos. Se emborrachan, se drogan, follan, corren, viajan, duermen. Hacen lo mismo que se viene haciendo desde Grecia y Persia, sobre todo Persia, lo mismo que hacíamos nosotros y nuestros padres. Solo que lo hacen más de prisa y todo junto.”

“En España el realismo sucio se manifiesta en Mañas, Jambrina y otros escritores jóvenes (…). Mañas, con Historias del Kronen, novela y película, despeja el panorama de pedanterías anglosajonizantes y realismos aplacientes (…). La realidad, contada en crudo, tiene sus consecuencias sociológicas, naturalmente, pero estos escritores, a diferencia de los socialrealistas de los cincuenta, no moralizan nunca, sino que dejan ahí el testimonio. Porque son más sabios literariamente o porque descreen de la eficacia de la literatura”.

“.. los novelistas jóvenes, como Mañas, se centran en Madrid como sustitutivo de Nueva York, y hacen la novela de una juventud interfronteras o sin fronteras, fronteriza y cimarrona. Cuán lejos este reciente finalista del Nadal del localismo de … todos aquellos hombres y mujeres que no veían más allá de su pasaporte, un pasaporte que era más una prohibición que una puerta para salir al mundo.”

“Ya hay una nueva generación que trae la calle, la gran ciudad, la esquina, el dialecto, las tribus urbanas, la vida, y que, buena o mala, va a barrer a los que venimos estudiando.”

“Ahora la ultimísima generación de escritores como Mañas escriben de Madrid con esa mirada nueva, entre naïf y cruel, que es la mirada de los jóvenes (….) hay ya, como digo, una nueva generación que, frente a los neobercianos que escriben desde su berza y los victorianos que escriben desde un Londres imaginario, está haciendo o intentando la nueva literatura de Madrid.”

“Pero hoy, mientras escribo, José Ángel Mañas en la novela, García-Posada o Marina en el ensayo, quizá Trapiello en la poesía, están recuperando una España que ya se parece muy poco a la del 98, como tema literario, pero lo hacen bajo el signo secreto de la babelización: pensamiento débil, deconstrucción, nuevos filósofos franceses, realismo sucio americano, en la poesía y prosa. Esto quiere decir que son dúplices, que se autofecundan, que en este sentido son “promesas” y perdón por la vieja palabra, tan cursi. Pero yo me entiendo y ustedes también. O casi.”


MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

Extracto de Un Polaco en la Corte del Rey Juan Carlos, obra publicada por Alfaguara Ediciones SA.

“… creo que Mañas quiere tener entre las manos un personaje y un universo lleno de seres humanos X, Y y Z que, tal vez sin conocerla, hacen suyo el espíritu del verso de la canción de los The The, Giant, que cierra el libro: soy un extranjero de mí mismo, un extranjero aplastado por su propio derrumbe. El personaje central forma parte de la estirpe de El conformista de Moravia, pero con drogas y sin correlato fascista, y la descripción de un estamento biosocial podría ser relacionada con El Jarama de Sánchez Ferlosio, y soy consciente de lo aventurado de la relación. Pero la poética behaviourista de El Jarama reaparece en Historias del Kronen como única manera de hacer el retrato detallista, no subjetivo, del aquelarre humano en torno a la fiesta catártica, el pobre Jarama preconsumista de hace cuarenta años y ese punto de definitivo desencuentro de la generación X: Kronen.”

GERMÁN GULLÓN

Germán Gullón escribió los comentarios introductorios a la edición del Kronen en la Colección Clásicos Contemporáneos Comentados de Editorial Destino y se ha ocupado de esta obra y de su autor en repetidas ocasione Así ve él, ya desde la distancia, lo que significó Historias del Kronen en el panorama literario español:

“Corrían los años noventa. Disminuía la euforia social producida por el éxito de la transición política, la narrativa se hallaba en horas bajas, fosilizada por el esteticismo y por una inconsecuente experimentación formal. Los escritores adolecían de un desencanto generalizado, los mejores entregados a la práctica del yoga literario conocido como el realismo mágico, cuando Historias del Kronen, una obra juvenil, descarada, plagada de neologismos, de protagonistas irresponsables, entregados a las drogas y al alcohol, se coló en el territorio literario. La crítica acusó a su autor de practicar el botellón literario, en realidad, les molestaba que Mañas se hubiera hecho un gorro de papel con las novelas de Proust y de Juan Benet.”

JOSÉ ÁNGEL MAÑAS

José Ángel Mañas, en uno de sus ensayos mas recientes La literatura explicada a los asnos, Ariel 2012, hace una revisión del Kronen que extractamos a continuación:

“A propósito de Kronen, me gustaría destacar algunas de las características que, según entiendo yo el clima estético de los noventa, han pasado desapercibidas o, por lo menos, han quedado en un segundo plano inmerecido.
En primer lugar, el realismo de Kronen no es un realismo cualquiera. Por eso nunca me ha parecido del todo acertado hablar de neorrealismo, como hace Germán Gullón en su introducción a esta novela en la edición de Clásicos contemporáneos de Destino.
Tal como explica Umberto Eco en varios de sus ensayos, la realidad a partir de finales del siglo XX, se ha transformado. La omnipresencia de los medios y su participación creciente en nuestras vidas, con la consiguiente influencia sobre nuestra percepción, ha conseguido que se produzca una progresiva “disneificación” de la misma.

La propia realidad ya es posmoderna, por decirlo así, y el realismo finisecular no puede ser considerado como un realismo clásico, pues integra ese componente pos, si se me permite el coloquialismo.

En ese sentido, el término posrealismo que utilizan ciertos críticos internacionales parece más adecuado en cuanto que presenta esta corriente literaria como una síntesis de realismo y una posmodernidad de la que no puede escapar.

Es un matiz importante.

Igual de importante me parece la reivindicación del punk como concepto estético que hice yo mismo en cierto momento (véase El legado de los Ramones). El punk, para quien no lo tenga claro, es a la música pop lo mismo que el arte contemporáneo a la pintura clásica. Supone una inversión radical de valores estéticos, y un repetir junto a las brujas de Macbeth “Fair is foul and foul is fair”. Lo bello es feo, y lo feo es bello.

Es una apología del ruido y del feísmo, algo que se entiende y se asume perfectamente en el mundo de la música y de la pintura, pero que se percibe con menor claridad en el mundo de la literatura.

Por eso me pareció pertinente trasplantar el concepto.

Siempre consideré que ayudaba a resaltar las cualidades estéticas que yo perseguía entonces en mis textos. Mi juego con las mayúsculas, las castellanizaciones, el argot, no eran más que una especie de feísmo, o, como lo califiqué yo mismo “ruido literario”.

Los autores como yo nos preciábamos de ser una suerte de punkies literarios.

Además de una componente antiartística evidente que seguramente fue como llevar al extremo la inversión de jerarquías posmodernas (una de las premisas del punk siempre fue el amateurismo salvaje y el convencimiento de que tú también puedes hacerlo, de que con tres acordes básicos se pueden componer canciones), quizás lo más característico de la producción del momento fuera el tono violento, agresivo como un escupitajo (“La poesía me repugna”, “llegan y saludan a las dos cerdas”, “PUTAS, QUIERO PUTAS”) es lo que más los diferencia de textos posmodernos anteriores.

Este posrealismo punkizante fue uno de los extremos más radicales e irracionales del posmodernismo.

En mi opinión, resultó muy reveladora la virulenta reacción que se produjo en el mundillo literario cuando se publicó Historias del Kronen. Hubo quien se indignó y clamó que aquello no era literatura. Insisto en que en un contexto muy determinado: el de la literatura “seria” o mainstream peninsular.

Y si a ellos les chocó mi texto, a mí me chocó el que a finales del siglo XX, después de toda una corriente de literatura vamos a llamarla alternativa, después de las vanguardias y del surrealismo, de Céline, de la Beat Generation, de un escritor como Bukowski, todavía pudiera chocar un texto como el mío sencillamente por la procacidad del lenguaje que empleaba: parece de cajón que la literatura nunca está en los medios, sino en lo que se hace con esos medios.

Cierto reseñista escribió que la primera página del Kronen era la página de la literatura española con más palabras malsonantes. Era una absoluta exageración. Y no hay más que remitirse a ciertas páginas de Cela o de Quevedo, además escritas en un castellano maravilloso.

Con los años he reflexionado bastante sobre las razones por las cuales este texto chocó tanto, y al final llegué a una posible explicación, por casualidad, un día que me topé con una observación del novelista norteamericano Tom Wolfe en la que hacía referencia a lo ocurrido durante los años sesenta en Estados Unidos.

Todos sabemos que los sesenta supusieron en aquel país un boom de la contracultura.

Fue entre otras cosas la época dorada del rock – en Inglaterra triunfaban los Beatles y los Rolling, en USA Bob Dylan, Janis Joplin, los Doors, y Tom Wolfe se preguntaba por qué no habían salido de todo aquel ambiente, a su juicio tan excitante, más novelas.

Él mismo publicó por aquel entonces uno de sus libros-reportaje, titulado Electric Kool-Aid acid test (1968). La obra recreaba un viaje realizado con un grupo de amigos en autobús, de la costa Este a la costa Oeste o viceversa (poco importa en realidad), con el único fin de fliparlo. Literariamente. Llevaban consigo un bidón repleto de LSD líquido que iban consumiendo.

Estuvo en el autobús algún famosillo como Neal Cassady. En él se había inspirado Jack Kerouac para crear su protagonista, Dean Moriarty, de En el camino (1957). Y también Ken Kesey, el autor de Alguien voló sobre el nido del cuco (1962).
Sin embargo, aparte del libro de Tom Wolfe y de los de Ken Kesey, no salió mucho más de aquello. ¿Por qué?, se preguntaba.

Y a mí, al leer aquello, me saltó a la vista la respuesta. Era evidente. Pensé: porque estaban flipándolo con la música y las drogas, que entonces parecían universos mucho más atractivos – lo siguen siendo - que la literatura.

Y haciendo un salto analógico de esos a los que soy bastante dado, concluí que en España había ocurrido algo parecido durante los años ochenta.

Lo que se dio en llamar Movida fue exactamente eso: un boom contracultural con escasos precedentes. Un momento en el que surgían grupos de pop-rock hasta debajo de las piedras: Radio Futura, Alaska y los Pegamoides, Nacha Pop, Siniestro Total. Unos cantaban que había tribus ocultas esperando que salga la noche, otros se pasaban el día bailando y agitando la coctelera, y los más salvajes veían pasar coños voladores.

Pedro Almodóvar y Zulueta también hacían sus rimeros pinitos con la cámara.
Y de alguna manera, la gente más moderna, los que en otra época se habrían visto obligados a desarrollar su talento narrativo a través de la literatura – estoy pensando en Almodóvar o en el cantante Santiago Auserón, que a fin de cuentas era un licenciado en filosofía -, se sintieron atraídos por dos mundos coyunturalmente más fascinantes (el cine y la música) y se produjo una especie de deserción por quienes habrían podido insuflarle modernidad al mundo literario que se queda como un gueto un tanto anacrónico y al margen de la corriente de los tiempos.
La teoría es personal y cuestionable. Pero es bonita, y al menos tiene el mérito de ayudar a explicar la virulenta reacción que se produjo contra Kronen en los noventa, insisto que en un contexto muy determinado.”